Reseña ________________________________

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE MILFORD

Cuerpos en movimiento y en reposo es el segundo libro de Thomas Lynch que se conoce en Colombia. El primero fue El Enterrador. Tras la lectura de ambos, quedan claras las temáticas y búsquedas del autor, como se demuestra en este texto.

Melodrama

Cuerpos en movimiento y en reposo

(Bodies in motion and at rest)

Thomas Lynch

Traductor: Juan Manuel Pombo

 

Editorial Alfaguara
Bogotá, 2006, 308 págs.

Por: Andrés Felipe Osorio.

 

 

I

Thomas Lynch desciende de un carro fúnebre. Es un clásico hombre irlandés: de rasgos duros y cuerpo sólido como un barril de whisky. Lleva más de 25 años al frente de una funeraria, negocio que heredó de su padre. Acaba de llegar del entierro de un vecino de Milford, Michigan, donde ha vivido siempre. Lynch estuvo al frente de cada detalle, porque es un enterrador. Pero ahora, justo después de guardar su automóvil lúgubre y de saludar a su esposa italiana, que en su juventud tuvo el cabello negro retinto y el cuerpo deslumbrante, el viejo enterrador se dedicará a escribir.

No tiene otra opción, no juega golf ni pertenece a ninguna asociación, además, no está jubilado. Lynch escribirá un poema, un ensayo o un fragmento autobiográfico. En 1997 deslumbró a muchos alrededor del mundo con un libro de textos fluctuante entre el ensayo, la crónica y las memorias; se llamó El enterrador, como su oficio de toda la vida, The undertaking, en su idioma original. Un libro sobre la muerte, con un estilo fresco, informal, y con el inconfundible tono que la memoria otorga a las autobiografías. De él, entre varias otras, puede destacarse esta justificación de su oficio: “Los que pertenecen a este trabajo son los que creen que lo que hacen no sólo es bueno para el negocio y para el balance, sino bueno, después de todo, para la especie”.

Los seres humanos necesitamos a los sepultureros porque, y en esto Thomas Lynch es reiterativo, el luto es una línea de fuego que nos separa de otras especies.

En el enterrador, temas que se derivan de la muerte interrogan al lector. El estilo de Lynch no es el del ensayista ortodoxo, de corte filosófico; él prefiere narrar, recordar —sobre todo—, hacer bromas y dejar en su lector interrogantes sobre los muertos y los nonatos: “El suicidio asistido y el aborto están tan cerca que son los espejos de las mismas preocupaciones existenciales que nos proporciona la vida en este siglo”.

Después de vivir con ella tan cerca, como empresario de funeraria y como deudo de sus padres, Lynch sabe que la muerte es un asunto de los vivos; los muertos ya no están, no participan de nuestro llanto, ni de las oraciones, ni de detalles como la elección del ataúd, la iglesia, el sermón, la cripta o el horno crematorio. Lynch sabe, como Marcel Schwob, que el dolor de quienes lloran en los funerales es egoísta. No lloran por el destino de quien muere, se afligen porque se sienten más solos.

 

II

El escritor que nos obsequia estas reflexiones, Thomas Lynch, vuelve con otro libro: Cuerpos en movimiento y en reposo. Es también un texto fluctuante entre el ensayo, la crónica y las memorias, siendo este último el género dominante. Trata temas que en El enterrador fueron expuestos, y quien los lea ambos, inevitablemente notará el cansancio de las reiteraciones. Los lectores del primer libro sentirán que ya conocen demasiado bien al autor, que las reflexiones sobre la defensa del negocio funerario, el alcohol, el aborto, el cristianismo, entre otras, son repetitivas. A algunos les parecerá que el mundo de Lynch es tan limitado como el tamaño de una fosa.

Sin embargo, quienes lo lean por primera vez, apreciarán su estilo informal ante un tema que muchos entienden como sagrado: la muerte. ¿Por qué morimos, señor Lynch? Y él responde, señalando sospechosos, con la frialdad de quien lleva 25 años sepultando cadáveres:

“Los posibles sospechosos: las hamburguesas de queso, el whisky, los Lucky Strike, los diez o quince kilos de más que todos nosotros, bueno, algunos de nosotros, nos echamos encima, las caminatas que no hicimos, la medicación preventiva que siempre ignoramos, el trabajo y las preocupaciones y los impuestos, las malas rachas, la bestia que en el fondo somos, las cosas del mundo, la mierda que simplemente pasa porque pasa”.

Otro tema al que el autor vuelve es al de la relación cópula—muerte. Las ceremonias alrededor de ambos diferencian al ser humano del resto de las especies conocidas. Octavio Paz resaltó que solo el hombre conoce el erotismo. Lynch nos recuerda que solo los humanos sepultamos a nuestros muertos. En estos tiempos, según el escritor, tanto en la sexualidad como en la muerte, queremos estar a salvo: los condones y los ataúdes nos protegen.

Aquellos que se enfrentan por primera vez a Thomas Lynch descubrirán en sus textos un testimonio fiel de aquel mundo que los inmigrantes irlandeses católicos construyeron en Estados Unidos. Lynch, nieto de irlandeses, nacido en Michigan, pertenece a la generación del baby boom, los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, que aún hoy lamentan Vietnam, el asesinato de Kennedy —el presidente católico irlandés—, y observan con lástima el deterioro de una sociedad que ve a sus hijos sufrir la adicción a las drogas. El autor, como vocero de su generación cuestiona al Cristianismo:

“El celibato que hace media centuria hacía de los curas emblemas de una humanidad trascendida, hoy por hoy los hace sospechosos y distantes. Igual, me parece una ironía que una teología de la vida tan inspirada pueda llegar a traducirse en tan escasamente inspiradas nociones de la vida, muy particularmente en lo que concierne a nuestra sexualidad”.

Los libros de Lynch, que no son ensayos sino memorias, cobran valor si se leen no como el testimonio de un hombre, sino como el de una cultura: la de los irlandeses americanos, cristianos, de la generación de las tarjetas de crédito, los talk shows de la televisión, algunos adictos al lictor —Lynch fue alcohólico— y que, como todas las culturas, teme a la muerte o, al menos, la respeta lo suficiente para rendirle extensos homenajes.

Cuerpos en movimiento y en reposo, a diferencia de El enterrador, está temáticamente más cercano a la vida que a la muerte. Sin perder de vista a esta última, en este libro nos aproximamos más al autor, a su vida, a su cultura. Al cerrar el libro podemos verlo descender de su auto fúnebre, entrar a su casa, dudar entre sentarse a ver a Oprah Winfrey o irse a escribir.





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