:: La Litera Dura :: ____________________

POESIA Y EXILIO

Pedro Lastra

A Irene Mardones Campos

En las primeras páginas de su libro The Anatomy of Exile (1972), el escritor húngaro Paul Tabori propone una síntesis del inmensamente variado y controversial significado de la palabra exilio, desde puntos de vista que tocan –como no podía ser de otro modo en una investigación de tal naturaleza- aspectos sustantivos de carácter filológico, histórico, filosófico, psicológico, legal y político. Esa sola enumeración da una idea de la vastedad de un tema que constituye, al decir del autor, una suerte de laberinto casi impenetrable. No entraré ahora en ese laberinto de tan compleja configuración: muchos trabajos recientes orientan un posible recorrido y lo actualizan, abriendo otros espacios para el diálogo. Por ejemplo, el preciso capítulo V del libro de Silva Nagy-Zekmi, Paralelismos transatlánticos: postcolonialismo y narrativa femenina en América Latina y África del Norte (1996), la exhaustiva investigación de Michael Ugarte titulada Literatura española en el exilio (1999), o el incitador ensayo de Eugenio MontejoJosé Solanes y su estudio del destierro” (Zona Tórrida, 37, Valencia/Venezuela, 2004).

Tabori señala que el primer exilio registrado en la historia es el del personaje llamado Sinuhe, expulsado de su tierra egipcia en una fecha tan lejana, como 2000 años antes de cristo. Las opiniones sobre ese origen son muchas y se han expresado en los más diversos géneros: en el extenso poema La culpa del primero peregrino, publicado en Ruan en 1644, Antonio Enríquez Gómez (que murió en un calabozo de la Inquisición en 1663 acusado de judaizante) une peregrinación y destierro en la figura de Adán, el errante eterno:

Pues te destierro a ser hombre,
Hijo de la vanidad
Y nieto de los dolores.

Sitúese el principio en Adán o Sinuhe, el éxodo bíblico, el regreso de Ulises a su lar o la relegación de Ovidio decretada por Augusto, esa experiencia recorre la historia y desgraciadamente sabemos que –como una plaga que regresa con las estaciones- no desaparecerá. A pesar de las distintas motivaciones que la originan el resultado siempre acusa las mismas o parecidas marcas ominosas del desgarramiento, la pérdida, el temor, la inseguridad, el perverso vaivén de ilusiones y desengaños, o esa errancia sin fin descrita inolvidablemente por Dante: “…peregrino y casi mendigo (…) como leño sin vela y sin timón, llevado a diversos puertos, golfos, y plazas, por el viento que exhala la dolorosa pobreza”.

Lo que resumo con tanta prisa y temeridad en este último párrafo no solo no es nuevo para nadie sino que ha comprometido directamente la vida de muchos. Las bibliotecas abundan en estudios, reflexiones, debates, testimonios, que ilustran de muchas maneras lo que ha sido y es la vivencia de lo exiliar, como la llama el poeta Juan Gelman con tan buen neologismo.”Innumerables, los desterrados”, dice Claudio Guillén –hijo él mismo de un gran exiliado- en la introducción de uno de los libros más sugerentes y sabios con que me he encontrado en los últimos años (El sol de los desterrados: literatura y exilio, 1995). Asombran, en efecto, como agrega ese autor, las dimensiones oceánicas del tema, la infinitud del exilio y de las respuestas literarias que genera: el Cantar de Mio Cid, texto fundacional de nuestra poesía, se inicia con un destierro, así como la lengua literaria italiana reconoce un comienzo semejante en la obra y en la vida de los grandes poetas florentinos, como Guido Cavalcanti y Dante Alighieri.

Pero debo alejarme del mencionado laberinto para centrarme en el relato de ciertas experiencias que un lector –no ajeno a las seducciones de la escritura- ha vivido en años de acercamiento a las representaciones del exilio en la literatura hispánica, especialmente en la poesía, aunque no solo en ella. Diré que esas lecturas ocurrieron muy temprano y que, como sucede a menudo, el azar jugó aquí también un papel: este fue el encuentro con un libro publicado en Santiago de Chile en 1943 por exiliados de la guerra civil, llegados hacía pocos años al país. Ese libro, que conservo hace más de medio siglo, era una antología titulada Poetas en el destierro, dispuesta por José Ricardo Morales y editada por Arturo Soria. He contado en otra parte lo mucho que significó ese libro para mi generación y no insistiré en tales detalles; pero fue ahí donde pude ver la continuidad de una sombría historia revelada como trasminante vivencia poética a través de muchos siglos, pues José Ricardo Morales eligió como epígrafe para su antología la estrofa inicial de un viejo romance de Juan del Encina:

Triste España sin ventura,
todos te deben llorar;
despoblada d’alegría,
para nunca en ti tornar.

Esa estrofa, sacada de su contexto, era un acierto como epígrafe, porque como se sabe el romance de Juan del Encina no está motivado por ningún exilio: es un poema de lamentación por la muerte del príncipe Don Juan. Yo lo supe después, porque en algún momento creo haberla relacionado con la situación poética que plasman los primeros versos del Cantar de Mio Cid.

Es que esos versos del Cantar son los desiderátum de una imagen; muestran un momento decisivo de la existencia humana: la expulsión, el desgajamiento, la pérdida del lar (“mal de los males…siempre será menor la palabra que el hecho mismo”, dice Polinices del destierro en Las fenicias, de Eurípides. Y así lo habrá sentido Garcilaso tantos siglos después, en su destierro en aquella isla cercana al Danubio en Ratisbona, que evoca en su enigmática “Canción Tercera”.

Aquí estuve yo puesto,
o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
…………………
Tengo solo una pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura:
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
y yo sé bien que muero
por solo aquello que morir espero).

En páginas muy apreciables sobre este mismo asunto, José Angel Valente recordó que el exilio nunca dejó de ser señalado como una circunstancia axial del existir. Para el Rabí Yehudáh ben Bezalel Liwa, que vivió en el siglo XVI, el exilio no es más que la condición humana llevada al extremo; en el siglo XX María Zambrano escribió: “pocas situaciones hay como la del exilio para que se presenten como en un rito iniciático las pruebas de la condición humana. Tal como si se estuviese cumpliendo la iniciación de ser hombre” (Carta sobre el exilio, 1961).

Pero entre todos los exilios, el político es el más cruel porque lo impone alguien que esencialmente no es distinto a su víctima, y cuya diferencia estriba en la posesión del poder, cualquiera que sea el origen atribuido a esa posesión. Es el que más se ha padecido en nuestro mundo hispánico. En fecha tan temprana como 1256, el rey Alfonso X el sabio fijó en líneas lapidarias la figura del victimario implacable, en el Título I de la segunda partida:

Tirano tanto quiere decir como señor cruel,
que es apoderado en algún regno o tierra por
fuerza o por engaño o por traición: et estos
tales son de tal natura, que después que son
bien apoderados en la tierra aman más de facer
su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la
pro comunal de todos, porque siempre viven a
mala sospecha de la perder.
Et porque ellos pudiesen cumplir su
Entendimiento más desembargadamente dixieron
los sabios antiguos que usaron ellos de su
poder siempre con los del pueblo en tres
maneras de artería (…)

Y Alfonso X procede a describir esas arterías o astucias
en términos que hoy nos resultarían harto familiares a todos nosotros.


Y en el siglo XVIII, ¿no fue una artería de Carlos III aprovechar el llamado “Motín Esquilache” (de origen en apariencia tan frívolo) para ajustar sus cuentas con la Compañía de Jesús y decretar poco después la expulsión de esa orden de los territorios españoles, en 1767

Menciono este acontecimiento porque sus consecuencias culturales fueron muy considerables, y muy centrales en el caso de Chile: con generosidad que nadie recordará sin emoción, varios de ellos distrajeron sus nostalgias de la tierra lejana reconstruyéndola en la escritura de su historia –como Juan Ignacio Molina. Sobre Manuel Lacunza, teólogo visionario y milenarista, volveré más adelante.

***

No es mi propósito rastrear, definir o siquiera describir los rasgos que caracterizarían una poesía exiliar.

Es tarea que seguramente ya se ha realizado. Como lector de poesía y como un practicante de esa escritura me interesan más bien las irradiaciones con que un determinado poema enriquece mi experiencia como tal lector y como tal practicante.

Mis notaciones, pues, son bastante generales como para ser expuestas en un diálogo o intercambio algo informal entre lectores que comparten una vocación común por la poesía. Trataré de resumir en pocas líneas esas notaciones y leeré algunos poemas o fragmentos –una pequeña antología personal- en que se fundan esas observaciones.

Creo que los términos descolocación y lejanía son pertinentes para referirse a la figuración de distancias que se advierte casi siempre en estos poemas: si la descolocación con respecto a un centro deseado se resuelve como extrañeza, la vivencia de la lejanía intensifica el dramatismo de lo dicho. Tal vez por eso la función desempeñada por los elementos de la lengua llamados deícticos es tan esencial en esta poesía, ya que la deixis consiste en señalar algo que está presente ante el hablante: aquí, allí, esto, etc. Eso es lo que ocurre en la realidad pero no el mundo de lo imaginario, creado por las palabras, donde los deícticos no pueden remitir a una presencia sino a una ausencia. Con expresión certera y de un gran poder de sugerencia, el lingüista Kart Bülher denominó deixis en fantasma a este tipo especial de postración que se produce, dice, “cuando un narrador (o hablante) lleva al oyente al reino de lo ausente
recordable o al reino de la fantasía constructiva y lo obsequia con los mismos demostrativos, para que vea y oiga lo que hay allí que ver y oír (y tocar, se entiende, y quizá también oler y oídos “interiores” o “espirituales” (…)
El que es guiado en fantasma, agrega Bülher, no puede seguir con la mirada la flecha de un brazo con el índice extendido por el hablante, para encontrar allí el algo; no puede utilizar la cualidad especial de origen del sonido vocal para hallar el lugar de un hablante que dice aquí; tampoco oye en el lenguaje escrito el carácter de la voz de un hablante ausente que dice yo”.

Desde luego, no hace insistir en que la función de tal deixis es consustancial a la escritura y por lo tanto a todo hecho literario; pero lo que si debe enfatizarse es que en ciertos poemas –como aquellos que reconocemos como exiliares- esa función es eminente y central, y adquiere las dimensiones de un verdadero signo valorizado. En muchos sentidos el poeta exiliado vive y comunica un mundo que es para él, por lejano y perdido, el espacio de una realidad sentida como fantasmática. ¿No es éste el espacio que dibujan estos fragmentos poéticos?:

 

De León Felipe:

Está muerta ¡miradla¡
…………………………
un pueblo hambriento y perseguido
que escapa.
Español del éxodo de ayer
Y español del éxodo de hoy…
allí no queda nada.
Haz un hoyo en la puerta de tu exilio,
planta un árbol,
riégalo con tus lágrimas
y aguarda.
Allí no hay nadie ya…
quédate aquí y aguarda.
(De Español del éxodo y del llanto)

De Emilio Prados:

Romance del desterrado
¡Ay nuevos campos perdidos,
campos de mi mala suerte;
ahí se quedan los olivos
y tus naranjos nacientes;
brilla el agua en tus acequias,
surcan la tierra tus bueyes
y yo cruzo tus caminos
y jamás volveré a verte.
………………………………
(De Romance general de la guerra de
España)

De Luis Cernuda:

Un español habla de su tierra
Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;
……………………………………
ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.
Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
Y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.
……………………………
(De las nubes)

¡Deixis en fantasma! ¡Qué hallazgo expresivo tan sugerente¡ Los poetas no podrán sino celebrarlo, y aún más al pensar en situaciones como las que se representan en textos de esta especie. El exilio, en efecto, como un rey Midas espectral y siniestro convierte en fantasmal todo lo que toca, confunde los contornos del espacio propio, irrealiza no solo los lugares del pasado sino también los del futuro. En versos que sintió “atormentados y rebeldes, sombríos y querellosos”, José Martí escribió esas visiones fantasmales:

Dos patrias tengo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
Su majestad el Sol, con largos velos
Y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
Yo sé cual es ese clavel sangriento
Que en la mano le tiembla¡…
(Dos patrias, de Flores del destierro)

y Gabriela Mistral, en su país de la ausencia:

…………………………………………
Perdí cordilleras
En donde dormí;
perdí huertos de oro
dulces de vivir;
perdí yo las islas
de caña y añil,
y las sobras de ellos
me las vi ceñir
y juntas y amantes
hacerse país.
Guedejas de nieblas
Sin dorso y cerviz,
Alientos dormidos
Me los vi seguir,
Y en años errantes
volverse país,
y en país sin nombre
me voy a morir.

(De Tala)

Cito versos familiares para todos: justifica ante insistencia cierta tonalidad nueva que puede darles su cercanía en este contexto. Más de una vez he pensado que, en aras de la intensidad, no sería desdeñable la idea de reunir en un volumen una suma de fragmentos y versos exiliares memorables: representaciones de la ausencia y de la lejanía, del espacio amado que la poesía rescata y convierte en instante salvador. Por ejemplo, el comienzo del poema

Allá lejos, de Rubén Darío:

Buey que vi en mi niñez echando vaho un día
bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,

o un momento, por cierto entre muchos otros igualmente inolvidables, de César Vallejo:

……………………………………………………
¡Auquénidos llorosos, almas mías!
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe, yo me adhiero!

(De Telúrica y magnética)

o los primeros versos de Quiero volver al sur, de Pablo Neruda:

Enfermo en Veracruz, recuerdo un día
del sur, mi tierra, un día de plata
como un rápido pez en el agua de cielo.

El libro Quiero escribir, pero me sale espuma, publicado en 1972 por Pedro Shimose, ilustra también la hondura de esta vivencia. Su poema La patria, la distancia. Los silencios, adelanta desde el título la desazón generada por preguntas sin respuestas:

Quiero saber que pasa en tus crepúsculos.
A la piedra interrogo
qué lluvias golpean tus caminos.
………………………
interrogo al colibrí;
que ángeles de muerte destruyen las puertas de
la vida.

La intensa palabra de Álvaro Mutis representó esa experiencia en el memorable poema exilio, cuyas envolventes imágenes proyectan la situación vivida como conciencia de sufrimiento y pérdida que es anticipación de la muerte:

Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy a brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy a llamado a mi
El griterío de las aves que pasan en verde algarabía
Sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas
hojas del banano,
Sobre las heladas espumas que bajan de los páramos
golpeando y sonando
………………………………………………

No menos intenso me parece un poema en prosa de Piedad Bonnett, figuración de lo que la autora designa y describe como Un otro exilio: situaciones diversas del ser distanciado de su espacio propio, asumidas en la final circunstancia de un hablante que las interioriza en una dimensión existencial:

………………………………
Desde mi territorio agotado en su límite, mi
Sangre corre a un país imaginario del que he sido
expulsada, mi sangre condenada se alza sobre las
lágrimas porque no aceptan su exilio de siglos.

****

Entre las muchas formas de rescate de lo perdido, ciertas figuraciones gráficas adquieren para el exiliado un
extraordinario poder de irradiación, desencadenante de la noción poética, en alguna medida semejante a los poderes del sueño. Se dirá que la fotografía, por ejemplo, es siempre un disparador del recuerdo, un activador de la memoria. Así es; para aquí se trata de mostrar las instancias en que tales representaciones se manifiestan literaria, poéticamente. Empiezo por leer fragmentos de las cartas de Andrés Bello enviadas desde Chile a su hermano Carlos, residente en Caracas:

30 de abril de 1842

Me has dado uno de los mayores placeres
que he tenido durante mi largo destierro, con
la remesa que me has hecho de la historia de
Venezuela, atlas y mapas; (…) Abro el atlas, y
recorro el mapa; (…) De la vista de Caracas,
sobre todo, no pueden saciarse mis ojos; y aunque
busco en ellos vanamente lo que no era posible
que me trasladase el grabado, paso por lo menos
algunos momentos de agradable ilusión. La vista
de Caracas estará colgada en frente de mi cama, y
será quizás el último objeto que contemplen mis
ojos cuando diga adiós a la tierra.

Y cuatro años después, el 17 de febrero de 1846:

En mi vejez, repaso con un placer indecible
todas las memorias de mi Patria (…) Cuantas
veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo
pasearme otra vez por sus calles, buscando en
ellas los edificios conocidos y preguntándoles
por los amigos, los compañeros que ya no existen…
Tengo todavía presente la última mirada que di a
Caracas desde el camino de la Guaira. ¿Quién me
hubiera dicho que en efecto era la última?

Desterrado en México, donde murió en 1955, el poeta
Andrés Eloy Blanco le dedica un soneto de ausencias, por así
llamarlo, a su compañero de exilio, Rómulo Gallegos. En el primer cuarteto describe esa frágil pero única posibilidad de reencuentros con le mundo perdido:

Rómulo: ya la Patria está muy lejos;
la escucho ya en canciones y relatos,
la busco ya en sus cartas y retratos,
la encuentro ya como el amor los viejos.

Más acá, Rafael Cadenas reconstruye la experiencia de los años pasados en Trinidad, como el exiliado que “deplora las patrias (…) se reconoce enigma. Despide la irrealidad”, esa irrealidad que deletrea así en las alucinantes ausencias de

Los cuadernos del destierro:
…paseando cotidianamente mi fantasma poblado
de paisajes que agonizan de frío, sin saber a que hora se va a sacar el sueño, desconociendo las
pautas del sueño final (…)… amante de los días lluviosos y bajeles, mil veces maldito, a la
sombra de años de variada fortuna, siempre como quien oye su muerte en la calle, engarzado de lunes, arrojado a la playa de regreso un sábado, diariamente durante la semana durmiendo y amaneciendo con frases sin sentido…
………………………………………

Pero es la “canción 8” de las Baladas y canciones del Paraná, de Rafael Alberti, el poema que en este orden de representaciones constituye para mi la cifra más intensamente de una vivencia de lo exiliar. Como en los sueños, el poema se transforma aquí en un espacio animado:

Hoy en las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y que grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba¡
se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.


Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
Volvió para darme agua.

El sueño, el sueño imaginario o ilusorio… Séame permitida.

En esta página una brevísima autocita. Son tres líneas escritas
en 1967 e incluidas en mi libro Y éramos inmortales, editado en 1969 en Lima. El poema se titula

El desterrado busca

El desterrado busca,
y en sueños reconoce su espacio más hermoso,
la casa de más aire.

En los años sesenta, nadie imaginaba que todavía en Chile
habría algún tiempo después auténticos y numerosos destierros, que muchos de mis compañeros y amigos se irían del país (y varios para siempre), y que yo mismo –aunque con anterioridad a los sucesos del año 73- también lo dejaría. ¿Por qué escribí esos versos? Más de una vez he necesitado explicar que ellos no tuvieron su origen en el golpe militar y en sus funestas consecuencias. Por ahí estaban, con una pequeña, misteriosa y sombría anticipación para mí mismo. Hace muy poco, releyendo las cartas de los jesuitas expulsados en el siglo XVIII, creo haber dado con un motivo, que podría ser éste:

En el invierno de 1963 participé en una reunión universitaria, junto al historiador Ricardo Donoso, quien leyó en esa oportunidad un trabajo sobre Manuel Lacunza y se refirió a las cartas que el gran desterrado envió a sus familiares desde Imola, donde moriría en 1801. una de ellas me impresionó de manera especial, la guardé en mi memoria y cuatro años después –sin saberlo yo mismo- escribí esos versos fugases suscitados tal vez por la figura del autor un libro sabio y extraño que se titula La venida del Mesías en gloria y majestad. De esa carta, cuyas repercusiones mi ánimo ignoré por mucho tiempo, proceden estos fragmentos:

Imola y Octubre 9 de 1788
Mi señor madre y abuela:
……………………………
Estos dos pedazos suyos tiene en Italia;
viven gracias a Dios y gozan por lo presente de
mediana salud (…)Actualmente me siento tan robusto
que me hallo me hallo capaz de hacer un viaje a
Chile por el Cabo de Hornos. Y pues nadie me lo
impide ni me cuesta nada quiero hacerlo con toda
mi comodidad. En cinco meses de un viaje
felicísimo llegó al Valparaíso y habiéndome
hartado de pejerreyes y jaivas, de erizos y de
locos, doy un galope a Santiago: hallo viva a mi
venerable abuela; le beso la mano, la abrazo;
lloro con ella, abrazo a todos los míos entre los
cuales veo muchos y muchas que no conocía, busco
entre tanta muchedumbre a mi madre y no la hallo,(…)
No obstante por no perderlo todo, me vuelo a la cuadra que hallo llena de gente, (…)les cuento mil
cosas de por acá, téngolos embobados con mis cuentos;
cuando no hallo más que contar miento a mi gusto;
entre tanto les como sus pollos, su charquicán y sus cajitas de dulce (…). Y habiendo llenado bien mi
barriga para otros veinte años, me vuelvo a mi
destierro por el mismo camino y con la misma
facilidad. Mas antes de embarcarme en Valparaíso,
despierto y me hallo en mi cama.
Con este viaje alegre y triste correspondo
fielmente a los sueños que Ud. me dice que tiene
muchas veces buscando allí enfrente (…).

Las representaciones exiliares resuenan de muchos modos, como
Se ve, en el ánimo de lectores y escritores. Agregaré, a propósito
de esto, otro testimonio próximo: en 1975 Oscar Hahn, llegó a los Estados Unidos después de vivir penosas experiencias chilenas, me leyó su poema Fragmentos de Heráclito al estrellarse contra el cielo, que empieza así:

Heráclito vivía en un río de Efeso
encerrado en la placenta del sueño
lejos de los dormidos de la ribera
Heráclito tenía la barba luenga
Y la lengua larga para lamerte mejor
No nos bañamos dos veces en el mismo río
No entramos dos veces en el mismo cuerpo
No nos mojamos dos veces en la misma muerte
…………………………

la teoría visionaria de dispersiones que recorre el poema
constituía, a mi modo de entender las cosas, una imagen de la
destrucción del ser y del tiempo, a al cual subyacían vivencias oscuras e inquietantes: le dije que yo lo sentía como un poema del exilio. Me miró en silencio por un momento, y en seguida comentó:
“Es que Heráclito es un poeta del siglo XX exiliado en la era presocrática”. Posteriormente he sabido de lectores de ese poema
que han tenido también la misma impresión que yo tuve. Los fantasmas del exilio conocen muchas maneras de hacerse presente.

En su brillante comentario de Ricardo II, de Shakespeare,
Claudio Guillén llama la atención sobre la importancia central del
destierro en el drama, no solo como suceso espectacular, tema, metáfora y estructura, desde la escena inicial en la que el Rey expulsa de Inglaterra a los duque Mowbray y Bolingbroke. Los
más grandes padecimientos que se anuncian para los desterrados a partir de ese momento (entre ellos, la pérdida de la lengua propia, sentida como una insoportable mutilación: el desfase de las estaciones que los esperan en espacios lejanos) remiten en cada lectura de otros textos a los mismos y recurrentes conflictos que los exiliados han confrontado siempre. Uno puede leerlos en un poema del siglo XIX, como A Emilia, de José María Heredia, o en el tan
cercano Domicilio en el Báltico, de Gonzalo Rojas, entre muchos otros. Enrique Lihn –como si repitiera el lamento del caballero Mowbray- escribió memorablemente “el miedo de perder con la lengua materna / toda la realidad”. Como es obvio, sería un error entender y describir estas relaciones sólo bajo la especie de la intertextualidad: son constantes de la condición humana, siempre amenazada por si misma.

***

Me permitiré cerrar esta presentación como un poema, también
exiliar en más de un sentido, escrito hace pocos días al amparo
de relecturas pavorosas de Guido Cavalcanti:

Balada
Perch’i’ no spero di tornar giammai,
ballatetta, in Toscana
G. Cavalcanti
Pues cada uno tiene su Toscaza
a la cual sabe como Cavalcanti
que no regresará,
que busqué en su memoria la música
de un álamo en la tarde,
el destello
de una hoja al caer sobre la hierba húmeda,
el pasaje de un pájaro de altura
que atraviesa sin fin la misma nube,
aves música nubes
extraviadas desde hace mucho tiempo
allá lejos
en región de penumbra o desdicha.
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