:: La Litera Dura :: ____________________
POESIA Y EXILIO
Pedro Lastra
A Irene Mardones Campos
En las primeras páginas de su libro The Anatomy of Exile (1972),
el escritor húngaro Paul Tabori propone una síntesis
del inmensamente variado y controversial significado de la palabra
exilio, desde puntos de vista que tocan –como no podía
ser de otro modo en una investigación de tal naturaleza- aspectos
sustantivos de carácter filológico, histórico,
filosófico, psicológico, legal y político. Esa
sola enumeración da una idea de la vastedad de un tema que constituye,
al decir del autor, una suerte de laberinto casi impenetrable. No entraré ahora
en ese laberinto de tan compleja configuración: muchos trabajos
recientes orientan un posible recorrido y lo actualizan, abriendo otros
espacios para el diálogo. Por ejemplo, el preciso capítulo
V del libro de Silva Nagy-Zekmi, Paralelismos transatlánticos:
postcolonialismo y narrativa femenina en América Latina y África
del Norte (1996), la exhaustiva investigación de Michael
Ugarte titulada Literatura española en el exilio (1999), o el incitador
ensayo de Eugenio Montejo “José Solanes y su estudio del
destierro” (Zona Tórrida, 37, Valencia/Venezuela,
2004).
Tabori señala que el primer exilio registrado en la historia
es el del personaje llamado Sinuhe, expulsado
de su tierra egipcia en una fecha tan lejana, como 2000 años
antes de cristo. Las opiniones sobre ese origen son muchas y se han
expresado en los más
diversos géneros: en el extenso poema La culpa del primero
peregrino,
publicado en Ruan en 1644, Antonio Enríquez Gómez (que
murió en un calabozo de la Inquisición en 1663 acusado
de judaizante) une peregrinación y destierro en la figura de
Adán, el errante eterno:
Pues te destierro a ser hombre,
Hijo de la vanidad
Y nieto de los dolores.
Sitúese el principio en Adán o Sinuhe, el éxodo
bíblico, el regreso de Ulises a su lar o la relegación
de Ovidio decretada por Augusto, esa experiencia recorre la historia
y desgraciadamente sabemos que –como una plaga que regresa con
las estaciones- no desaparecerá. A pesar de las distintas motivaciones
que la originan el resultado siempre acusa las mismas o parecidas marcas
ominosas del desgarramiento, la pérdida, el temor, la inseguridad,
el perverso vaivén de ilusiones y desengaños, o esa errancia
sin fin descrita inolvidablemente por Dante: “…peregrino
y casi mendigo (…) como leño sin vela y sin timón,
llevado a diversos puertos, golfos, y plazas, por el viento que exhala
la dolorosa pobreza”.
Lo que resumo con tanta prisa y temeridad en este último párrafo
no solo no es nuevo para nadie sino que ha comprometido directamente
la vida de muchos. Las bibliotecas abundan en estudios, reflexiones,
debates, testimonios, que ilustran de muchas maneras lo que ha sido
y es la vivencia de lo exiliar, como la llama el poeta Juan
Gelman con tan buen neologismo.”Innumerables,
los desterrados”,
dice Claudio Guillén –hijo él mismo
de un gran exiliado- en la introducción de uno de los libros
más
sugerentes y sabios con que me he encontrado en los últimos
años (El sol de los desterrados: literatura y exilio,
1995). Asombran, en efecto, como agrega ese autor, las dimensiones
oceánicas
del tema, la infinitud del exilio y de las respuestas literarias que
genera: el Cantar de Mio Cid, texto fundacional de nuestra poesía,
se inicia con un destierro, así como la lengua literaria italiana
reconoce un comienzo semejante en la obra y en la vida de los grandes
poetas florentinos, como Guido Cavalcanti y Dante
Alighieri.
Pero debo
alejarme del mencionado laberinto para centrarme en el relato de ciertas
experiencias que un lector –no ajeno a las seducciones
de la escritura- ha vivido en años de acercamiento a las representaciones
del exilio en la literatura hispánica, especialmente en la poesía,
aunque no solo en ella. Diré que esas lecturas ocurrieron muy
temprano y que, como sucede a menudo, el azar jugó aquí también
un papel: este fue el encuentro con un libro publicado en Santiago
de Chile en 1943 por exiliados de la guerra civil, llegados hacía
pocos años al país. Ese libro, que conservo hace más
de medio siglo, era una antología titulada Poetas en el
destierro, dispuesta por José Ricardo Morales y
editada por Arturo
Soria.
He contado en otra parte lo mucho que significó ese libro para
mi generación y no insistiré en tales detalles; pero
fue ahí donde pude ver la continuidad de una sombría
historia revelada como trasminante vivencia poética a través
de muchos siglos, pues José Ricardo Morales eligió como
epígrafe para su antología la estrofa inicial de un viejo
romance de Juan del Encina:
Triste España sin ventura,
todos te deben llorar;
despoblada d’alegría,
para nunca en ti tornar.
Esa estrofa, sacada de su contexto, era un acierto como epígrafe,
porque como se sabe el romance de Juan del Encina no está motivado
por ningún exilio: es un poema de lamentación por la
muerte del príncipe Don Juan. Yo lo supe después, porque
en algún momento creo haberla relacionado con la situación
poética que plasman los primeros versos del Cantar de
Mio Cid.
Es
que esos versos del Cantar son los desiderátum
de una imagen; muestran un momento decisivo de la existencia humana:
la expulsión,
el desgajamiento, la pérdida del lar (“mal de los
males…siempre
será menor la palabra que el hecho mismo”, dice Polinices del
destierro en Las fenicias, de Eurípides. Y así lo
habrá sentido Garcilaso tantos siglos después,
en su destierro en aquella isla cercana al Danubio en Ratisbona, que
evoca en su enigmática “Canción Tercera”.
Aquí estuve
yo puesto,
o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
…………………
Tengo solo una pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura:
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
y yo sé bien que muero
por solo aquello que morir espero).
En páginas muy apreciables sobre este
mismo asunto, José Angel
Valente recordó que el exilio nunca dejó de ser señalado
como una circunstancia axial del existir. Para el Rabí Yehudáh
ben Bezalel Liwa, que vivió en el siglo XVI, el exilio no es
más que la condición humana llevada al extremo; en el
siglo XX María Zambrano escribió: “pocas situaciones
hay como la del exilio para que se presenten como en un rito iniciático
las pruebas de la condición humana. Tal como si se estuviese
cumpliendo la iniciación de ser hombre” (Carta
sobre el exilio, 1961).
Pero entre todos los exilios, el político es el más
cruel porque lo impone alguien que esencialmente no es distinto a su
víctima,
y cuya diferencia estriba en la posesión del poder, cualquiera
que sea el origen atribuido a esa posesión. Es el que más
se ha padecido en nuestro mundo hispánico. En fecha tan temprana
como 1256, el rey Alfonso X el sabio fijó en líneas
lapidarias la figura del victimario implacable, en el Título
I de la segunda partida:
Tirano tanto quiere decir como señor
cruel,
que es apoderado en algún regno o tierra por
fuerza o por engaño o por traición: et estos
tales son de tal natura, que después que son
bien apoderados en la tierra aman más de facer
su pro, maguer sea a daño de la tierra, que la
pro comunal de todos, porque siempre viven a
mala sospecha de la perder.
Et porque ellos pudiesen cumplir su
Entendimiento más desembargadamente dixieron
los sabios antiguos que usaron ellos de su
poder siempre con los del pueblo en tres
maneras de artería (…)
Y Alfonso X procede a describir
esas arterías o astucias
en términos que hoy nos resultarían harto familiares
a todos nosotros.
Y en el siglo XVIII, ¿no fue una artería de Carlos
III aprovechar el llamado “Motín
Esquilache” (de origen
en apariencia tan frívolo) para ajustar sus cuentas con la Compañía
de Jesús y decretar poco después la expulsión
de esa orden de los territorios españoles, en 1767
Menciono
este acontecimiento porque sus consecuencias culturales fueron muy
considerables, y muy centrales en el caso de Chile: con generosidad
que nadie recordará sin emoción, varios de ellos distrajeron
sus nostalgias de la tierra lejana reconstruyéndola en la escritura
de su historia –como Juan Ignacio Molina. Sobre Manuel
Lacunza,
teólogo visionario y milenarista, volveré más
adelante.
***
No es mi propósito rastrear, definir o siquiera describir los
rasgos que caracterizarían una poesía exiliar.
Es tarea que seguramente ya se ha realizado. Como lector de poesía
y como un practicante de esa escritura me interesan más bien
las irradiaciones con que un determinado poema enriquece mi experiencia
como tal lector y como tal practicante.
Mis notaciones, pues, son bastante
generales como para ser expuestas en un diálogo o intercambio
algo informal entre lectores que comparten una vocación común
por la poesía. Trataré de
resumir en pocas líneas esas notaciones y leeré algunos
poemas o fragmentos –una pequeña antología personal-
en que se fundan esas observaciones.
Creo que los términos descolocación y lejanía son
pertinentes para referirse a la figuración
de distancias que se advierte casi siempre en estos
poemas: si la descolocación
con respecto a un centro deseado se resuelve como extrañeza,
la vivencia de la lejanía intensifica el dramatismo de lo dicho.
Tal vez por eso la función desempeñada por los elementos
de la lengua llamados deícticos es tan esencial en esta poesía,
ya que la deixis consiste en señalar algo que está presente
ante el hablante: aquí, allí, esto, etc. Eso es lo que
ocurre en la realidad pero no el mundo de lo imaginario, creado por
las palabras, donde los deícticos no pueden remitir a una presencia
sino a una ausencia. Con expresión certera y de un gran poder
de sugerencia, el lingüista Kart Bülher denominó deixis
en fantasma a este tipo especial de postración que se
produce, dice, “cuando un narrador (o hablante) lleva al oyente
al reino de lo ausente
recordable o al reino de la fantasía
constructiva y lo obsequia con los mismos demostrativos, para que vea
y oiga lo que hay allí que
ver y oír (y tocar, se entiende, y quizá también
oler y oídos “interiores” o “espirituales” (…)
El
que es guiado en fantasma, agrega Bülher, no puede
seguir con la mirada la flecha de un brazo con el índice extendido
por el hablante, para encontrar allí el algo; no puede utilizar
la cualidad especial de origen del sonido vocal para hallar el lugar
de un hablante que dice aquí; tampoco oye en el lenguaje escrito
el carácter de la voz de un hablante ausente que dice yo”.
Desde luego, no hace insistir en que la función de
tal deixis es consustancial a la escritura y por lo tanto a todo hecho
literario; pero lo que si debe enfatizarse es que en ciertos poemas –como
aquellos que reconocemos como exiliares- esa función es eminente
y central, y adquiere las dimensiones de un verdadero signo valorizado.
En muchos sentidos el poeta exiliado vive y comunica un mundo que es
para él, por lejano y perdido, el espacio de una realidad sentida
como fantasmática. ¿No es éste el espacio que
dibujan estos fragmentos poéticos?:
De León Felipe:
Está muerta ¡miradla¡
…………………………
un
pueblo hambriento y perseguido
que escapa.
Español del éxodo de ayer
Y español del éxodo de hoy…
allí no queda nada.
Haz un hoyo en la puerta de tu exilio,
planta un árbol,
riégalo con tus lágrimas
y aguarda.
Allí no hay nadie ya…
quédate aquí y aguarda.
(De Español del éxodo y del llanto)
De Emilio Prados:
Romance del desterrado
¡Ay nuevos campos perdidos,
campos de mi mala suerte;
ahí se quedan los olivos
y tus naranjos nacientes;
brilla el agua en tus acequias,
surcan la tierra tus bueyes
y yo cruzo tus caminos
y jamás volveré a verte.
………………………………
(De Romance general de la guerra de
España)
De Luis Cernuda:
Un español habla de su tierra
Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;
……………………………………
ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.
Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
Y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.
Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.
……………………………
(De las nubes)
¡Deixis en fantasma! ¡Qué hallazgo expresivo tan
sugerente¡ Los poetas no podrán sino celebrarlo, y aún
más al pensar en situaciones como las que se representan en
textos de esta especie. El exilio, en efecto, como un rey Midas espectral
y siniestro convierte en fantasmal todo lo que toca, confunde los contornos
del espacio propio, irrealiza no solo los lugares del pasado sino también
los del futuro. En versos que sintió “atormentados y rebeldes,
sombríos y querellosos”, José Martí escribió esas
visiones fantasmales:
Dos patrias tengo: Cuba y la noche.
¿O son una las dos? No bien retira
Su majestad el Sol, con largos velos
Y un clavel en la mano, silenciosa
Cuba cual viuda triste me aparece.
Yo sé cual es ese clavel sangriento
Que en la mano le tiembla¡…
(Dos patrias, de Flores del destierro)
y Gabriela Mistral, en su país
de la ausencia:
…………………………………………
Perdí cordilleras
En donde dormí;
perdí huertos de oro
dulces de vivir;
perdí yo las islas
de caña y añil,
y las sobras de ellos
me las vi ceñir
y juntas y amantes
hacerse país.
Guedejas de nieblas
Sin dorso y cerviz,
Alientos dormidos
Me los vi seguir,
Y en años errantes
volverse país,
y en país sin nombre
me voy a morir.
(De Tala)
Cito versos familiares para todos: justifica ante insistencia cierta
tonalidad nueva que puede darles su cercanía en este contexto.
Más de una vez he pensado que, en aras de la intensidad, no
sería desdeñable la idea de reunir en un volumen una
suma de fragmentos y versos exiliares memorables: representaciones
de la ausencia y de la lejanía, del espacio amado que la poesía
rescata y convierte en instante salvador. Por ejemplo, el comienzo
del poema
Allá lejos, de Rubén Darío:
Buey
que vi en mi niñez echando vaho un día
bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,
o un momento, por cierto entre muchos otros igualmente inolvidables,
de César Vallejo:
……………………………………………………
¡Auquénidos llorosos, almas mías!
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe, yo me adhiero!
(De Telúrica y magnética)
o los primeros versos de Quiero volver al sur, de Pablo
Neruda:
Enfermo en Veracruz, recuerdo un día
del sur, mi tierra, un día de plata
como un rápido pez en el agua de cielo.
El libro Quiero escribir, pero me sale espuma, publicado en 1972
por Pedro Shimose, ilustra también la hondura de esta vivencia.
Su poema La patria, la distancia. Los silencios, adelanta desde el
título la desazón generada por preguntas sin respuestas:
Quiero saber que pasa en tus crepúsculos.
A la piedra interrogo
qué lluvias golpean tus caminos.
………………………
interrogo al colibrí;
que ángeles de muerte destruyen las puertas de
la vida.
La intensa palabra de Álvaro Mutis representó esa
experiencia en el memorable poema exilio, cuyas envolventes imágenes
proyectan la situación vivida como conciencia de sufrimiento
y pérdida
que es anticipación de la muerte:
Voz del exilio, voz de pozo
cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy a brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy a llamado a mi
El griterío de las aves que pasan en verde algarabía
Sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas
hojas del banano,
Sobre las heladas espumas que bajan de los páramos
golpeando y sonando
………………………………………………
No menos intenso me parece un poema en prosa de Piedad Bonnett, figuración
de lo que la autora designa y describe como Un
otro exilio: situaciones
diversas del ser distanciado de su espacio propio, asumidas en la final
circunstancia de un hablante que las interioriza en una dimensión
existencial:
………………………………
Desde mi territorio agotado en su límite, mi
Sangre corre a un país imaginario del que he sido
expulsada, mi sangre condenada se alza sobre las
lágrimas porque no aceptan su exilio de siglos.
****
Entre las muchas formas de rescate de lo perdido, ciertas figuraciones
gráficas adquieren para el exiliado un
extraordinario poder de irradiación, desencadenante de la noción
poética, en alguna medida semejante a los poderes del sueño.
Se dirá que la fotografía, por ejemplo, es siempre un
disparador del recuerdo, un activador de la memoria. Así es;
para aquí se trata de mostrar las instancias en que tales representaciones
se manifiestan literaria, poéticamente. Empiezo por leer fragmentos
de las cartas de Andrés Bello enviadas desde Chile a su hermano
Carlos, residente en Caracas:
30 de abril de 1842
Me has dado uno de los mayores placeres
que he tenido durante mi largo destierro, con
la remesa que me has hecho de la historia de
Venezuela, atlas y mapas; (…) Abro el atlas, y
recorro el mapa; (…) De la vista de Caracas,
sobre todo, no pueden saciarse mis ojos; y aunque
busco en ellos vanamente lo que no era posible
que me trasladase el grabado, paso por lo menos
algunos momentos de agradable ilusión. La vista
de Caracas estará colgada en frente de mi cama, y
será quizás el último objeto que contemplen mis
ojos cuando diga adiós a la tierra.
Y cuatro años después, el 17 de febrero de 1846:
En mi
vejez, repaso con un placer indecible
todas las memorias de mi Patria (…) Cuantas
veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo
pasearme otra vez por sus calles, buscando en
ellas los edificios conocidos y preguntándoles
por los amigos, los compañeros que ya no existen…
Tengo todavía presente la última mirada que di a
Caracas desde el camino de la Guaira. ¿Quién me
hubiera dicho que en efecto era la última?
Desterrado en México, donde murió en 1955, el poeta
Andrés Eloy Blanco le dedica un
soneto de ausencias, por así
llamarlo, a su compañero de exilio, Rómulo Gallegos.
En el primer cuarteto describe esa frágil pero única
posibilidad de reencuentros con le mundo perdido:
Rómulo: ya
la Patria está muy lejos;
la escucho ya en canciones y relatos,
la busco ya en sus cartas y retratos,
la encuentro ya como el amor los viejos.
Más acá, Rafael Cadenas reconstruye la experiencia de
los años pasados en Trinidad, como el exiliado que “deplora
las patrias (…) se reconoce enigma. Despide la irrealidad”,
esa irrealidad que deletrea así en las alucinantes ausencias
de
Los cuadernos del destierro:
…paseando cotidianamente mi fantasma poblado
de paisajes que agonizan de frío, sin saber a que hora se va
a sacar el sueño, desconociendo las
pautas del sueño final (…)… amante de los días
lluviosos y bajeles, mil veces maldito, a la
sombra de años de variada fortuna, siempre como quien oye su
muerte en la calle, engarzado de lunes, arrojado a la playa de regreso
un sábado, diariamente durante la semana durmiendo y amaneciendo
con frases sin sentido…
………………………………………
Pero es la “canción 8” de las Baladas y
canciones del Paraná, de Rafael Alberti,
el poema que en este orden de representaciones constituye para mi
la cifra más intensamente
de una vivencia de lo exiliar. Como en los sueños, el poema
se transforma aquí en un espacio animado:
Hoy en las nubes me trajeron,
volando, el mapa de España.
¡Qué pequeño sobre el río,
y que grande sobre el pasto
la sombra que proyectaba¡
se le llenó de caballos
la sombra que proyectaba.
Yo, a caballo por su sombra
busqué mi pueblo y mi casa.
Entré en el patio que un día
fuera una fuente con agua.
Aunque no estaba la fuente,
la fuente siempre sonaba.
Y el agua que no corría
Volvió para darme agua.
El sueño, el sueño imaginario
o ilusorio… Séame
permitida.
En esta página una brevísima autocita. Son tres
líneas
escritas
en 1967 e incluidas en mi libro Y éramos inmortales, editado
en 1969 en Lima. El poema se titula
El desterrado busca
El desterrado busca,
y en sueños reconoce su espacio más hermoso,
la casa de más aire.
En los años sesenta, nadie imaginaba que todavía en
Chile
habría algún tiempo después auténticos
y numerosos destierros, que muchos de mis compañeros y amigos
se irían del país (y varios para siempre), y que yo mismo –aunque
con anterioridad a los sucesos del año 73- también lo
dejaría. ¿Por qué escribí esos versos?
Más de una vez he necesitado explicar que ellos no tuvieron
su origen en el golpe militar y en sus funestas consecuencias. Por
ahí estaban, con una pequeña, misteriosa y sombría
anticipación para mí mismo. Hace muy poco, releyendo
las cartas de los jesuitas expulsados en el siglo XVIII, creo haber
dado con un motivo, que podría ser éste:
En el invierno de 1963 participé en una reunión universitaria,
junto al historiador Ricardo Donoso, quien leyó en esa oportunidad
un trabajo sobre Manuel Lacunza y se refirió a las cartas que
el gran desterrado envió a sus familiares desde Imola, donde
moriría en 1801. una de ellas me impresionó de manera
especial, la guardé en mi memoria y cuatro años después –sin
saberlo yo mismo- escribí esos versos fugases suscitados tal
vez por la figura del autor un libro sabio y extraño que se
titula La venida del Mesías en gloria y majestad.
De esa carta, cuyas repercusiones mi ánimo ignoré por
mucho tiempo, proceden estos fragmentos:
Imola y Octubre 9 de 1788
Mi señor madre y abuela:
……………………………
Estos
dos pedazos suyos tiene en Italia;
viven gracias a Dios y gozan por lo presente de
mediana salud (…)Actualmente me siento tan robusto
que me hallo me hallo capaz de hacer un viaje a
Chile por el Cabo de Hornos. Y pues nadie me lo
impide ni me cuesta nada quiero hacerlo con toda
mi comodidad. En cinco meses de un viaje
felicísimo llegó al Valparaíso y habiéndome
hartado de pejerreyes y jaivas, de erizos y de
locos, doy un galope a Santiago: hallo viva a mi
venerable abuela; le beso la mano, la abrazo;
lloro con ella, abrazo a todos los míos entre los
cuales veo muchos y muchas que no conocía, busco
entre tanta muchedumbre a mi madre y no la hallo,(…)
No obstante por no perderlo todo, me vuelo a la cuadra que hallo
llena de gente, (…)les cuento mil
cosas de por acá, téngolos embobados con mis cuentos;
cuando no hallo más que contar miento a mi gusto;
entre tanto les como sus pollos, su charquicán y sus cajitas
de dulce (…). Y habiendo llenado bien mi
barriga para otros veinte años, me vuelvo a mi
destierro por el mismo camino y con la misma
facilidad. Mas antes de embarcarme en Valparaíso,
despierto y me hallo en mi cama.
Con este viaje alegre y triste correspondo
fielmente a los sueños que Ud. me dice que tiene
muchas veces buscando allí enfrente (…).
Las representaciones exiliares resuenan de muchos modos, como
Se ve, en el ánimo de lectores y escritores. Agregaré,
a propósito
de esto, otro testimonio próximo:
en 1975 Oscar Hahn, llegó a los
Estados Unidos después
de
vivir penosas experiencias chilenas, me leyó su poema Fragmentos
de Heráclito al estrellarse contra el cielo, que empieza
así:
Heráclito vivía en un río de Efeso
encerrado en la placenta del sueño
lejos de los dormidos de la ribera
Heráclito tenía la barba luenga
Y la lengua larga para lamerte mejor
No nos bañamos dos veces en el mismo río
No entramos dos veces en el mismo cuerpo
No nos mojamos dos veces en la misma muerte
…………………………
la teoría visionaria de dispersiones que recorre el poema
constituía, a mi modo de entender las cosas, una imagen de la
destrucción del ser y del tiempo, a al cual subyacían
vivencias oscuras e inquietantes: le dije que yo lo sentía como
un poema del exilio. Me miró en silencio por un momento, y en
seguida comentó:
“Es que Heráclito es un poeta del siglo XX exiliado en
la era presocrática”. Posteriormente he sabido de lectores
de ese poema
que han tenido también la misma impresión que yo tuve.
Los fantasmas del exilio conocen muchas maneras de hacerse presente.
En
su brillante comentario de Ricardo II, de Shakespeare,
Claudio Guillén llama la atención sobre la importancia
central del
destierro en el drama, no solo como suceso espectacular, tema, metáfora
y estructura, desde la escena inicial en la que el Rey expulsa de Inglaterra
a los duque Mowbray y Bolingbroke. Los
más grandes padecimientos que se anuncian para los desterrados
a partir de ese momento (entre ellos, la pérdida de la lengua
propia, sentida como una insoportable mutilación: el desfase
de las estaciones que los esperan en espacios lejanos) remiten en cada
lectura de otros textos a los mismos y recurrentes conflictos que los
exiliados han confrontado siempre. Uno puede leerlos en un poema del
siglo XIX, como A Emilia, de José María Heredia, o en
el tan
cercano Domicilio en el Báltico, de Gonzalo
Rojas, entre muchos
otros. Enrique Lihn –como si repitiera el lamento
del caballero Mowbray- escribió memorablemente “el
miedo de perder con la lengua materna / toda la realidad”. Como
es obvio, sería un error
entender y describir estas relaciones sólo bajo la especie de
la intertextualidad: son constantes de la condición humana,
siempre
amenazada por si misma.
***
Me permitiré cerrar esta presentación como un poema,
también
exiliar en más de un sentido, escrito hace pocos días
al amparo
de relecturas pavorosas de Guido Cavalcanti:
Balada
Perch’i’ no spero di tornar giammai,
ballatetta, in Toscana
G. Cavalcanti
Pues cada uno tiene su Toscaza
a la cual sabe como Cavalcanti
que no regresará,
que busqué en su memoria la música
de un álamo en la tarde,
el destello
de una hoja al caer sobre la hierba húmeda,
el pasaje de un pájaro de altura
que atraviesa sin fin la misma nube,
aves música nubes
extraviadas desde hace mucho tiempo
allá lejos
en región de penumbra o desdicha.



Pedro Lastra
Foto cedida por el Diario Virtual
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Pedro Lastra: Quillota, Chile, 1932.
Estudió en
la Escuela Normal de Chillán y en la Universidad de Chile, en
cuya Facultad de Filosofía y Educación se desempeñó como
docente e investigador de literatura chilena entre 1960 y 1972.
Desde ese año, y hasta 1994, fue profesor de literatura hispanoamericana
en la Universidad del Estado de Nueva Cork, en Stony Brook, de la que
fue designado Profesor Emérito en 1995.
Es Profesor Honorario de la Universidad de San Marcos (Lima, Perú)
y de la Universidad de San Andrés (La Paz, Bolivia).
Desde 1978 al 2002 fue uno de los editores de la sección de
poesía hispanoamericana del “Handbook of Latin American
Studies” que publica la Biblioteca del Congreso de Washington.
También es miembro correspondiente de la ACADEMIA Chilena de
la Lengua.
Entre 1966 y 1973 fue asesor literario de la Editorial Universidad
de Santiago de Chile, donde fundó y dirigió la colección “Letras
de América”.
Es autor de varios estudios sobre literatura chilena e hispanoamericana: “El
cuento hispanoamericano del siglo XIX” (1972), “Conversaciones
con Enrique Lihn” (1980), “Leído y anotado” (200),
e “Invitación a la lectura” (2001).
Como poeta ha publicado “La sangre en alto” (Chile,
1954), “Y éramos
inmortales" (Lima, 1969), “Noticias del extranjero” (México
D. F., 1979), “Canción del pasajero” (Sevilla, 2001), “Diarios
de viaje y otros poemas” (Caracas, 1998), “Canción
del pasajero” (Atenas, 2001), “Antología del extranjero” (Bogotá,
2002), “Carta de navegación” (Medellín, 2003),
y “Leve canción” (Quito, Santiago, Nueva York, 2005).
Ha dado numerosas conferencias sobre literatura hispanoamericana
en universidades de Francia, España, Hungría, Italia,
Estados Unidos e Hispanoamérica.