Una reseña | entrevista alrededor de
País de Plomo
LAS VOCES QUE NUNCA ESCUCHAMOS
A pesar de la amplia cobertura que los medios de comunicación hacen de la guerra en Colombia, quedan voces que no alcanzamos a oír, las del país rural, a donde llegó Juanita León para regalarnos País de Plomo, el libro que presentamos en este artículo.
Por Andrés Felipe Osorio
Un funcionario del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) le pregunta a una mujer de Regencia, un caserío perdido en el Sur de Bolívar, cómo se llama el niño que tiene en brazos. “No tiene nombre”, responde ella mirando al suelo. “¿Tiene nueve meses y no ha pensado en un nombre?”. Nadie espera lo sobrecogedor de la respuesta: “como el cura no volvió porque se asustó con la toma del año pasado, no lo hemos bautizado” y con cierta vergüenza la mujer concluye: “le decimos niño”.
La mujer es una de las tantas víctimas que aparecen en País de Plomo (crónicas de guerra), de Juanita León*, un libro cuyo principal mérito es poner al lector de frente con la realidad del conflicto armado colombiano.
Esta es una guerra rural, en principio, que ha venido acercándose a las ciudades a través de hechos aislados como los atentados terroristas (el ocurrido contra el club El Nogal en Bogotá), el desplazamiento forzado y la ocupación por parte de los grupos al margen de la ley de algunos sectores de las grandes ciudades (algunos barrios del sur de Bogotá, algunas comunas de Medellín y recientemente sectores marginados de Bucaramanga). País de Plomo da cuenta de aquella guerra rural.
Desde un comienzo Juanita León pensó el suyo como un libro de crónicas de viaje. “Como editora de reportajes de El Tiempo y en Semana me tocaba viajar a los pueblos y hacía más reportería de la que debía por pura obsesión. Me daba cuenta que las historias que yo le contaba a mis amigos eran más interesantes que las que publicaba”.
Y esas historias son las que conforman País de Plomo, que de hecho, la autora dedica a sus amigos. Juanita León tenía quince historias para publicar pero dejó sólo once, archivando las que rompían con el aire rural del libro. Para que los pueblos pudieran llegar con mayor fidelidad a los ojos del lector, la autora volvió a los escenarios de las crónicas para lograr “la descripción de los ambientes, la arquitectura, los nombres de los árboles. Estudié la historia de los pueblos y de la presencia de los grupos armados allí. Volví a entrevistar a casi todos los personajes”.
Las personas que hacen la guerra en las zonas rurales de Colombia y quienes la padecen, son los protagonistas de País de Plomo. En la crónica La aguja en el pajar: El Ejército rompe el cerco de las FARC, el lector puede concluir que es la conquista del poder lo que motiva a esta guerrilla, “para fines de 2000 las FARC tenían en Cundinamarca unos mil combatientes — ocho frentes, una compañía y tres columnas móviles — estratégicamente ubicados. La mitad del departamento, con 43 alcaldes amenazados, estaba a su merced. Si seguían a ese ritmo, calculaban que en un par de años cercarían a Bogotá”. En la crónica Caquetania: el Estado de las FARC, la autora logra explicar cómo los guerrilleros justifican sus acciones, por ejemplo el secuestro. Dice Raúl Reyes, uno de los jefes de las FARC: “un secuestro es si una persona que no tiene fines políticos para su lucro personal se lleva a otra persona y les saca diez o veinte millones. Nuestra gente lo que hace es cobrar un impuesto para financiar la lucha para sacar de la situación paupérrima en que está la gran mayoría de colombianos. Hay gente que paga el impuesto voluntariamente. Hay otros que dicen no. Ah bueno, entonces nuestra gente los busca y se los lleva. El Estado hace lo mismo: si cualquier persona natural o jurídica no paga el impuesto pues se lo llevan para la cárcel hasta que no paga no sale”.
Sobre el ELN, otro actor de esta guerra, el libro nos recuerda que fueron los responsables de la muerte por incineración de 84 personas cuando esta guerrilla hizo explotar parte de un oleoducto en Machuca, en 1998. Y a través de las estadísticas muestra cómo el ELN ha infiltrado el sistema de regalías: “según cálculos del gobierno, en los últimos quince años entraron directamente a las arcas elenas doscientos millones de dólares de regalías petroleras, representadas en puentes misteriosamente arrasados por ríos antes de que alguien los viera, en proyecciones cinematográficas para un departamento donde no existe una sala de cine o en fiestas fantásticas”.
En las crónicas El banana rap de los chicos de Urabá: la guerra por el Urabá; Las traiciones de Segovia: la convivencia con los paramilitares; y “Las autodefensas somos todos”: Córdoba, cuna del proyecto paramilitar, se describe a los grupos de autodefensa, esa antítesis de la subversión que resultó ser tan siniestra como la guerrilla. Así, el libro completa el panorama de los grupos al margen de la ley.
Pero la autora va más allá, y para entregar a los lectores un mapa completo de esta guerra, cuenta cómo en aquel país rural, donde el conflicto comienza y se desplaza hacia las ciudades, también el Estado tiene su gran cuota de responsabilidad. En El dedo mocho de Napoleón Santanilla: la captura masiva en Cartagena del Chairá, escribe: “aunque muchos chairenses tenían por lo menos un pariente en el cementerio por culpa de la guerrilla, la mayoría añoraba el statu quo del pasado, cuando aún no habían aterrizado los soldados ni los fiscales con sus órdenes de captura en blanco. Por lo menos todos sabían a qué ley atenerse”.
Uno de los aportes más interesantes del libro es que le muestra al lector que allá en el campo esta guerra es cruenta e incomprensible porque la gente, con escasas alternativas de empleo, sólo tiene dos opciones en la vida, hacerse guerrillero o paramilitar. Por eso, en el campo, un hombre cualquiera puede tener un hijo en las FARC y ser masacrado por los paramilitares por supuesta colaboración con el enemigo y viceversa, un hijo en las autodefensas para terminar muerto por la guerrilla. Una imagen del libro lo resume mejor: “ese acalorado lunes dos muchachas adolescentes, en camuflado y con sus fusiles terciados, conversaban y se reían en la calle con otras amigas como lo haría cualquier quinceañera con sus compañeras de clase. No hablaban de la revolución, era obvio. En los bares, los guerrilleros tomaban cerveza y jugaban billar pool, y en una casa de hojalata, sobre la única calle del corregimiento, una jovencita armada amamantaba a su bebé”.
Mostrar a todos los integrantes de esta guerra —que en suma venimos siendo todos los colombianos— se traduce en una mirada objetiva del conflicto que ayuda a entenderlo mejor. Con razón dice su autora “en todos los foros y eventos en que he estado presentando el libro, no me han acusado de ser parcializada. El libro trata de abarcar una mirada que no se centra solo en las víctimas y no sólo en los victimarios. Son historias mínimas que intentan contar la Historia (con mayúscula) de la guerra."
* Juanita León es abogada y periodista, quizá más lo segundo que lo primero.
Trabajó en El Tiempo, Semana y dirige Semana.com.
Este es su segundo libro de crónicas después de No somos machos pero somos muchos, en el que trató el tema de la resistencia civil.