Reseña ________________________________
QUE SUCEDAN LAS SOMBRAS
Los personajes secundarios de Melodrama son la voz protagónica en este corto análisis, una mirada a la otra cara de Jorge Franco.

Melodrama
Jorge Franco
Editorial Planeta
Bogotá, 2006, 394 págs.
Por Carol Contreras.
“Somos lo que hacemos
por cambiar lo que somos”
Galeano
Muchas hojas se han escrito ya respecto a la nueva novela de Jorge Franco*; se han escuchado entrevistas y comentarios, ácidos o benéficos. Sin embargo, lo que se hace aquí es destacar lo que permanece en las sombras, esos personajes secundarios que atraen, en algunas ocasiones, más que los mismos protagonistas.
Melodrama es la historia de Vidal y Perla, dos paisas que han logrado reunirse en Francia tras largos años de espera. Él es un enfermo terminal de sida y ella, una viuda borracha que vive asediada por el sobrino de su difunto esposo, Milord, quien le reclama la herencia de su tío, acusándola de asesinato premeditado. En sus 394 páginas, discurren el amor, el placer, el dinero, el pecado, la ambición, la mentira, la degradación, la enfermedad y la muerte; como marcas indelebles en la vida de tres generaciones de la familia de Vidal, en medio de las coyunturas de un país marcado por la violencia y la muerte.
Las obras de Franco han circulado, de diversas maneras por el tema de lo urbano, la violencia, el viaje-exilio y el amor.
Medellín es su urbe por excelencia, primer escenario de todas sus historias; el narcotráfico y el sicariato es fuente de inspiración de Rosario Tijeras; el “sueño americano”, tópico desarrollado en Paraíso Travel; el amor de pareja, el amor familiar y el amor irrealizable, presentes en Maldito Amor; y la Mujer, protagonista de Mala noche, para no dejarla por fuera. Melodrama viene a ser una especie de síntesis de esos grandes temas narrativos a los cuales se suma la enfermedad.
La enfermedad narrada en la novela no es sólo física, capaz de extirpar la belleza o elegancia de los más hermosos (como Vidal o Milord), sino social; ha surgido de la mojigatería, la violencia o la codicia, y ha adoptado un carácter propio bajo ciertos rostros: Libia, Anabel, la Mudita y Clémenti.
Dichos personajes son símbolos de una sociedad monstruosa, la otra cara de las construcciones literarias de Jorge Franco, las pinceladas no retocadas que confirman la técnica que tiene el artista para atrapar al lector, pues, al contrario de lo que han dicho varios críticos, creo que en esta novela − que implicó cuatro años de trabajo − el autor muestra una estructura más elaborada y una exploración mayor en los rasgos que otorga a sus personajes, como veremos a continuación.
Libia, madre de Perla, es la típica señora colombiana, de mitad de siglo, que considera que todo acto humano se reduce al pecado, lo cual explica su amargura y su actitud mojigata. El autor construye esta historia a través de varios episodios de la novela, pero uno de los más graciosos es el siguiente:
“Libia se metería virgen entre las sábanas. Virgen de cuerpo, de alma, de mente, de todo lo que se puede ser virginal. Ella creía que un beso era el punto máximo de la pasión, y aunque sospechaba que para tener hijos necesitaría a su marido, no sabía por dónde lo iba a necesitar. No sabía nada de nada. No le habían explicado ni contado lo que tenía que hacer. Nadie tuvo la delicadeza de decirle que a veces el hombre y la mujer se vuelven bestias para comerse el uno al otro. Nadie le informó que esa noche iba a encontrarse con un hombre armado con un puñal feroz y que él la iba a herir por amor. Libia, que no sabía nada de nada, lo poco que entendía lo iba a relacionar con la culpa y la inmundicia, y desde entonces dejaría de ser la que siempre fue para convertirse en la mujer avinagrada que yo conocí”.
[Pág. 50-1].
Aquél reduccionismo moralista también explica su hipocresía; el encierro que se automedicó al llegar a Medellín desde Yarumal, en el afán de cuidarse de todo motivo de culpa, y el distanciamiento y el maltrato verbal que impuso a sus hijas durante la ausencia de su esposo: “Pablo Santiago llegaba y otra ley imperaba en la casa. Las muchachas dejaban de gritarse y Anabel hacía una pausa en su espionaje. Pero apenas él se iba regresaba el rencor a la casa y el jaleo entre sus muros” [Pág. 93].
Esta serie de factores que intervienen en su modo de actuar y que pueden ser enumerados como: uno, su desinformación respecto a la sexualidad; dos, el traslado que hace del pueblo a la ciudad, donde, indiscutiblemente, todo es mucho más desordenado y libre (en términos dogmáticos) y tres, la influencia religiosa; revelan por qué Libia puede volverse adicta a consumir todas las medicinas que encuentra, sin que ello nos sorprenda: “Es un crimen botar todas estas pastillas si todavía sirven, decía Libia, y se las tragaba sin mirar para qué eran. Sólo le ponía atención a la fecha de vencimiento” [Pág. 43].
Muy distinta es Anabel, un fantasma sin presencia, memoria o entendimiento; la metáfora de las hórridas consecuencias de la violencia, que crea seres que no son: “―Vidal no me va a hablar de vos en los sueños, Anabel. Acordate que vos no sos nadie” [Pág. 54]. Sí, una hija de nadie, analfabeta desplazada, sin conciencia del respeto, identidad o casa:
“Cuando Perla era una niña fea, a su casa llegó una criatura más fea y negra llamada Anabel. Su papá había aparecido con ella de la mano y se las presentó a todos, dijo que de ahora en adelante la niña viviría con ellos. Después Libia lo llamó aparte y le preguntó ¿es hija tuya? Pablo Santiago le respondió que no, que iba a vivir en la casa pero que no sería una hija más.
[…] Por más que Pablo Santiago le dijo con cariño cuando era niña: vos no sos una sirvienta, Anabel, ella no quiso ir a la escuela y prefirió refugiarse en la cocina, así no sirviera ni la obligaran a cocinar. Se arrinconaba con la talega que había traído cuando llegó, y sacaba, miraba y volvía a meter lo poco que guardaba: dos vestiditos de tierra caliente, un recorte de revista con la foto de un hombre que anunciaba una loción, un cuaderno y medio lápiz, y un radio pequeño sin pilas que ella, inútilmente trataba de prender”.
[Págs. 25, 45-6].
Aquel recorte de revista lo conservará toda su vida, por ser la única ilusión que tiene acerca de su padre y de su vida en general; y el radio, la única compañía constante, quien le ha hablado amablemente desde que Pablo Santiago le regaló las pilas para que lo encendiera, y quien la curó del silencio: “Y Anabel parecía sorda, y muda, porque no contestaba ningún agravio, sólo la oyeron hablar cuando le dio por repetir lo que escuchaba en el radio, sin entender siquiera lo que decía” [Pág. 61].
Anabel vive el desprecio de quienes la rodean, es la negación de un pueblo entero que se debate entre la aprobación y el odio, y lo único que hace es sobrevivir. Para ello, sirve siempre a los demás: sirve como informante de Libia, a quien cuenta todo lo que sus hijas hacen; sirve como niñera de los hijos de Perla; sirve como enfermera de Libia tras su adicción a las pastillas y sirve como acompañante de Perla en Francia después de la desaparición de Vidal; pero no hace nada para ella, no sabe qué hacer por ella, más que recibir los insultos, los gritos, las órdenes de las mujeres autoritarias que la han rodeado en la vida: “Con la diligencia que aprendió desde niña a pesar de los reniegos, con la misma voluntad asimilada a la brava con su familia adoptiva, por la fuerza de la costumbre de limpiar y obedecer para ganarse el lugar que le impusieron, con esa misma destreza adquirida limpió el dolor y la ira de Perla…” [Pág. 44]; quizá sus único amigos y aliados son Dayessi y Tiburón, por padecer su misma orfandad: “Anabel había oído del amor pero no lo conocía, no estaba segura de haberlo vivido, como no fuera aquello que sentía últimamente por Tiburón” [Pág. 194-5].
Al final, Anabel es la encarnación de esos seres que deambulan por las ciudades, sin protección alguna, sin posibilidades reales de beneficio o acogida, sin bienvenidas ni despedidas; aquellos a quienes excluimos y recluimos en un mismo punto: el abismo del abandono, al que se resignan sin discusión, con un leve sentimiento de pena: “―¿Sabes que estoy comiendo? Tiempo, malparida, tiempo. El que he perdido con vos y el que me cae encima. El tiempo que le dediqué a tu familia, a Vidal… El tiempo que me he pasado encerrada en esta ciudad, y el que he pasado cocinando, ordenando y limpiando la mierda que dejás en los calzones” [Pág. 130].
Pero si Anabel anuncia sus penas en la tranquilidad de los insultos instantáneos, la Mudita se encarga de hacerlo mediante la crueldad de su silencio permanente:
“La mudita no siempre fue muda, dicen que habló normalmente hasta los diez años, pero hace siete, cuando llegó a París, dejó de hablar. Cuentan que la mamá la utilizó en el viaje para traer droga a Francia… Pero en el aeropuerto la descubrieron, la desvistieron y le arrancaron las cintas […] el hombre que la esculcó fue más allá de lo que su oficio le permitía y abusó de la Mudita […] todo pasó frente a los ojos de su mamá que, cómplice y pasiva, permitió que el aduanero se sobrepasara a cambio de no delatarlas […] el hombre las traicionó […] y a la mamá de la Mudita la hizo poner presa”.
[Págs. 59, 378].
Es un personaje que denuncia el abuso constante que sufren los niños en este país, por sus familiares o por desconocidos, incluso si se trata de autoridades (una situación que al ser enunciada en la novela, permite analizar y justificar la realización de campañas contra el abuso sexual durante estos días); su actitud frente al mundo es consecuencia de la corrupción sexual de menores y de la descomposición social (otra cara de la violencia), y la manera en que muestra su inconformidad es creando silencio en el mundo escandaloso que vive.
Finalmente, y como escribiría el autor de Melodrama: “En todo lío serio siempre hay un cojo, y en este lío el cojo es deforme” [Pág. 13]. Y el deforme es Clémenti, francés, sobrino de Milord, el último en la generación de los cojos mezquinos. Lo interesante de este personaje es que a pesar de sus escasas apariciones a lo largo de las páginas, su presencia ubica al lector en lugares universales, tanto literaria como sentimentalmente. Clémenti es la tradicional imagen maligna del cojo, aquel traidor que propicia o agrava el dolor de los demás personajes, mostrando su disfrute y gusto al hacerlo. Él codicia la fortuna que su tío ha heredado a Perla, pero no sólo por eso la desprecia, lo que hace Clémenti es servir como entre telón de los cientos de seres que juzgan y relegan al colombiano exiliado.
Melodrama muestra lo trágico que ha sido para el colombiano crecer en una sociedad hipócrita, violenta, codiciosa, carente de afecto y oportunidad, donde la identidad se reevalúa cada segundo, donde el sentido de la vida parece ser ninguno: “―¿Cómo respirarías vos si no hubieras tenido un hijo, si no hubieras tenido un papá y una mamá, si no hubieras tenido cosas en qué pensar, si únicamente te limitaras a comer y a cagar como vos decías? ¿No te ahogarías cada mañana, cuando te despertás, si no tuvieras nada? −y, más despacio, enfaiza−: ¿absolutamente nada?” [Pág. 310], y donde ni un gran amor puede contener el peso de la muerte. De nuevo, el humor negro, la ironía y el patetismo son un gesto de la narrativa de Franco, la voz de su crítica social.
El título no es más que la presunción irónica de la forma como nos nombramos desde hace un tiempo, pues somos un melodrama (en su acepción peyorativa). La estructura no sólo recuerda y elogia a Juan Rulfo, sino que sirve como metáfora de la fragmentación y dislocación histórica que hemos vivido en este país, acentuadas en los momentos de coyuntura como enfermedades irremediables, como anticipaciones mortuorias y mutiladoras. En ese sentido, la enfermedad del hombre contemporáneo, como nuevo tema y nuevo personaje de Franco, es el espejo roto, un ruido ensordecedor y la triste memoria de una familia compuesta por sombras que se suceden.
“Un silencio absoluto me habría mantenido
en un umbral muy lejano a la vida”
Jorge Franco