Minicuento ______________________

MINICUENTOS DE GUILLERMO BUSTAMANTE


Refrán

Como Dios no se iba a beber toda esa agua, sencillamente la dejó correr.

 


Pares y nones

Con su propio linaje, Noé salvaría a los hombres respetuosos de Dios. Y para salvar a los inocentes animales, introduciría al arca parejas de aves del cielo, ganados, bestias y reptiles terrestres.

Ahora bien, los machos y las hembras escogidos casi nunca estaban ligados de antemano; en muchos casos, su unión habría sido imposible mediante el encuentro entre las hormonas y los órganos que las saborean; la elección casi siempre pasó por deshacer parejas ya conformadas. Pero nada de esto fue inconveniente: los animales, respetuosos e ignorantes de la condición impuesta, no sintieron el llamado instintivo hasta ser liberados bajo el mandato de crecer y multiplicarse. Entonces cumplieron, también dóciles, con la desvergüenza a la que tal consigna llamaba.

Por su parte, Noé y esposa ya eran una pareja, decisión respetada, aunque cada uno se preguntó si habría sido afortunado de haberle correspondido otra. Llamados a mantenerse castos durante el viaje, musitaban plegarias y rumiaban pensamientos, pero estos remedios no conseguían atenuar la duda, sino fortalecerla. Ambos también fueron exhortados a crecer y multiplicarse, a poblar la tierra; pero finalmente no pudieron, y esa misión debieron asumirla los hijos engendrados antes.

Los animales, que no tenían razones, aceptaron cada impedimento, obraron en consecuencia, fueron felices. Noé y esposa, que podían fabricar explicaciones, no atinaron, sufrieron, dudaron, fueron infelices.

 


El viaje

La mayoría de hombres debía morir bajo el diluvio a causa de su equivocada elección, pues los hombres saben del bien y del mal. En cambio, los animales morirían bajo el furor de las aguas sin haber pecado, porque no tienen ese discernimiento; sencillamente no cabían todos en el arca. Los hombres sobrevivientes eran buenos, a diferencia de los exterminados; mientras los animales sobrevivientes eran tan buenos como los condenados. Así, parecía justo introducir una pareja de cada especie, pues ellas restablecerían luego el panorama de un mundo poblado con gran variedad.

Las promesas se cumplieron y luego del diluvio hubo un mundo para morar. Noe —fiel a sus costumbres— levantó un altar para ofrendar a su Señor. Allí sacrificó los últimos especímenes de algunos animales que, finalmente, habían hecho el viaje sólo para aportar su carne al fuego, al rito inexplicable.

 


Generación perdida

Según Yavé, toda la estirpe humana estaba perdida, salvo Noé. Sin embargo, en toda una generación no puede haber únicamente una persona buena: ¿a quién habría usado como modelo? Cualquier grupo humano hospeda una extensa gama: desde los pecadores militantes, hasta los obedientes sin causa.

En todo caso, la noticia del castigo se difundió. Los incrédulos no obraron, pero los creyentes sí se prepararon: mientras Noé hacía sus trámites y Dios sus leyes universales, se incrementó la venta de embarcaciones, equipos de primeros auxilios y provisiones. Por fortuna, porque otros también se salvaron y el ser humano pudo pervivir.

Si Noé, Sem, Jafet y Cam, junto con sus esposas, hubieran sido los únicos sobrevivientes, llevaríamos todos el mismo apellido y no habría sido posible el nuevo hombre soñado por Dios... a no ser que lo imaginara como producto del comercio carnal entre familiares.

 


Cosa de hombres

—Mujer, nuestro Señor me ha hecho un pedido —dijo Noé.
—¿Y por qué Él siempre se dirige a ustedes los hombres?
—No sé. En todo caso, ve el mal lo suficientemente propagado como para hacer inútil una catequesis personalizada. Quiere pasar a las vías de hecho y acabar de una vez con todos.
—¿Todos y todas?
—Y, ¿a qué viene esa pregunta, mujer?
—Si Dios ve el mal igualmente distribuido entre hombres y mujeres, que acabe con todos y con todas.
—En realidad no me parece haberle entendido que el mal esté distribuido de manera homogénea entre hombres y mujeres...
—¿Sí ves? Bueno, ¿y por qué tú habrás de sobrevivir?
—Él me ha escogido por ser temeroso del Señor.
—Perdóname, pero esa virtud la veo redoblada en la mayoría de las mujeres, temerosas no sólo del Señor, sino también de nuestros esposos.
—...
—Bueno, ¿y por qué también habrán de salvarse nuestros hijos? ¿Se salvarán porque para Yavé los atributos de la personalidad son hereditarios? De ser así, todos tendríamos los atributos del Señor y, en tal caso, Él también debería perecer en el diluvio...
—¡Mujer!
—¿Y por qué he de salvarme yo? Según Él, eres tú quien cae bien a sus ojos. ¿Acaso para el Señor los atributos de la personalidad son de transmisión sexual?
—¡Cuida tu lengua, mujer! ¿Te das cuenta por qué el asunto es entre hombres?

 


Evacuación

Las risas se mezclaban con imágenes de un diluvio. La presión en la vejiga llegaba al límite. Al caer en cuenta que estaba del lado de esas risas y no del de aquellas imágenes, despertó; se miró y estaba descubierto, desnudo. El entorno era el de la noche disipada: no había consumido totalmente la tercera jarra de vino, la copa estaba tumbada, cierto desorden imprimía su sello a la escena. Era su hijo quien se mofaba y entonces ahora vislumbraba, ante las apremiantes ganas de orinar, que el sueño de un diluvio había acudido a él para ayudarle a no despertar.

 


Justicia divina

Después del diluvio, una vez repoblada la tierra, Dios comprendió que entre los hombres seguían existiendo el bien y el mal. Molesto por la ineficacia de una acción tan onerosa y pretendidamente ejemplar, mandó a su ángel justiciero —espada flamígera en mano— a separar, de una vez por todas, el bien del mal.

Esta medida, que no anunciaba —como la anterior— el exterminio del hombre, sí lo logró, pues cada ser humano quedó partido en dos.

 


Labor

“Cuando el pobre pone a secar la ropa, preciso llueve”, exclamó la señora al comienzo del diluvio universal. Como era la costumbre heredada de su madre, la cual la había heredado de su abuela, puso una vela encendida en medio del patio, para contrarrestar la lluvia. El diluvio se detuvo.

Dios debió esperar a que se secara la ropa de la señora para poder continuar con su tarea.

 


Genética

Ante la orden de su Señor, Noé imaginó la escogencia de los animales, el acopio de alimentos, el mantenimiento durante la travesía, la limpieza... Era un cuadro abrumador.

Según entendía, todos los seres vivos tienen en común una parte de su árbol genealógico, y sus diferencias provienen de pequeñas variaciones en la información de un mismo haz genético. De tal forma, optó por no introducir animal alguno al arca, pues en él mismo habitaba el principio creador de todas las especies posibles.
Con sus células, se dio a la tarea de hacer modificaciones genéticas. Sin embargo, se excedió un poco en sus funciones y del arca también salieron sirenas, unicornios, centauros, arpías... Dios destruyó todas estas criaturas, por no haber formado parte del arsenal inicial que Él había creado y ordenado salvar. No obstante, la literatura alcanzó a dejar testimonio de ellas.

 


Terapia

Tras contemplar 600 atardeceres, Noé estaba habitado por cierto desasimiento. Como Yavé sabía que le quedaban todavía 350 años, y sentía por él cierta inclinación, decidió incrementarle la autoestima: inventó una historia en la que salvaba la familia en un bote hecho con sus propias manos, y luego restablecía la raza humana. Sintiéndose preferido, Noé trabajó animado en el proyecto; pero, terminada la embarcación, ese orgullo no alcanzaba a imprimir a la vida el esplendor perdido.

Yavé debió improvisar un segundo nudo al cuento: Noé también debía salvar parejas de todas las especies. En realidad, el Señor pensaba que una terapia asistida con animales le vendría muy bien. Y no se equivocó, pues, luego de su larga estadía con ellos, Noé inventó el vino y se embriagó, no digamos como un animal, pero sí volvió el color a sus mejillas, la sonrisa al gesto, el sentido a la existencia. Encontró de nuevo algo por lo cual vivir, aunque fuera nocivo para la salud.

 


Diminuvio

Cuando botamos un cubo con agua, cada vez que regamos las plantas del jardín o nos lavamos las manos, hay seres para quienes se cierne una destrucción casi total: sus refugios se desmantelan, su paisaje se trastoca, su población se diezma. Unos cuantos sobreviven, asidos a una brizna ululante, a un filamento flotante; y unos metros más allá, después de un tiempo para ellos indatable, empiezan de nuevo, vuelven a repoblar su mundo.

El diluvio no es, como suele pensarse, un asunto de cantidades, sino más bien de proporciones.

 


Comprensibilidad

Y díjole Yavé a Noé: “Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimentos y calafatéala con pez por dentro”. Noé no entendió nada. Temía preguntarle al Señor, pues como no ostentaba muy buen genio, podía repetirle la misma frase con doble signo de admiración. Optó por ir al diccionario; allí encontró que “arca” es cofre. Esto lo alentó: debía hacer un cofre de maderas resinosas para meter allí todos los animales. Raro, pero comprensible. Ahora bien, ¿qué es “resinoso”? Que tiene o destila resina. Buscó “resina”: sustancia sólida o de consistencia pastosa, insoluble en agua, soluble en alcohol y aceites esenciales, y capaz de arder. Las resinas son duras, fusibles, quebradizas, amorfas, de factura concoidea y malas conductoras del calor y de la electricidad. Se originan por oxidación o polimerización de terpenos.

Ahora no sólo no sabía qué eran maderas resinosas, sino que estaba ante un enjambre de palabras igualmente desconocidas: fusible, concoidea, polimerización, terpenos... Aunque desesperado, Noé se empeñó en aprender: fue a cada una de estas palabras, pero el panorama de la claridad se alejaba cada vez más, empujado por docenas de expresiones nuevas, por conexiones desconocidas para él.

Todavía le faltaba entender la expresión “calafatéala”, aunque de “pez”, él sí sabía que se trataba de un animal acuático, del cual no estaba obligado a escoger para meter al arca.

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